Pero este fin de semana en Roma fue diferente. Es la primera vez que salgo de circuito turístico de la ciudad y no visito los sitios y monumentos que cualquier turista DEBE ver. Al mediodía fui al Vaticano para el Angelus; hace mucho que no iba y esta vez me obligué a ir y llenarme de esa energía que recorre Plaza San Pedro cuando el papa saluda en varios idiomas. Luego entré a la Basílica de San Pedro para consumar la cita que tenía pendiente desde el 1º. De mayo, cuando la Beatificación de JP II. Después, entré a la exposición en su honor y luego decidí perderme por las calles tomando un autobús que me llevara a las cercanías de la Piazza Reppublica para así refugiarme de las horas de máximo calor viendo una peli y recordar los viejos tiempos en la Ciudad de México en que iba al cine (casi siempre a la Cineteca Nacional) durante la tarde y sola, solita.
Luego de comer, corrí como loca para tomar el autobús que de nuevo me dejara en las cercanías de la Fuente de Trevi para que, de manera decidida y definitiva, la tarde de este domingo cambiara: por fin pude dar con los mexicanos que residen en Roma y escuchar misa en español, con un sacerdote (también paisano), coro, misarios, etcétera, todo en MI español. ¡Ahhh, qué alegría!
Y como generalmente ocurre entre mis similares, me sentí bien y a gusto. Olvidé esa sensación de extranjero de soledad chiquita y remediable (espero) que a veces me oprime y que lucho para no permitirle de influenciar màs de lo que puede. Siempre lo he pensado: Italia es un lugar maravilloso, se vive bien, ofrece ciertas libertades antes desconocidas pero transferirse aquí es igual a empezar de cero, desde acostumbrarse al clima, aprender probar todo tipo de detergente para la lavadora hasta encontrar el adecuado para tì, hasta hacerse de amigos. Y eso último es una de las cosas más difíciles.Así las cosas. Después de la misa, hubo convivio y mucha salsa Valentina. Desde el inicio le eché el ojo y ¡ataqué! Plática y plática mientras nos presentábamos los nuevos, los forasteros, los que pasábamos por Roma. Al final decidimos salir del oratorio e ir a un café al lado para tomar algo juntos y esa experiencia, de sentarme a beber una cerveza, comer alitas de pollo, escuchar música a alto volumen, reír fuerte, echar bromas que sólo nosotros entendemos, brindar porque sí con gente tan parecida a mí, que habla español con mi acento, ésa, me hizo la tarde en Roma.
Ahora es lunes y me tengo que apresurar a arreglarme porque voy a la embajada. Irradio desde aquí mucha buena vibra y mucho buen espirito desde esta ciudad que ayer, extrañamente, me dio una corazonada como aquella en marzo, en Florencia cuando a bordo del autobús un cierto viento me hizo sentirme “parte de”, parte de no sé qué cosa que me hace sentir un lugar como mío.
A las 2 tomo el tren de regreso a mi Toscana. Transbordo en Pisa para Lucca. El tren va costeando el Mediterráneo. Cuesta 20 euros, pero hoy ¡yo invito! ¿Quién se apunta?
1 comentarios:
la unica vez que tuve la oportindad de estar en roma hacia un calor de 41 grados y me la pase haciendo cosas de turistas... asi es siempre la primer vez que se va a un lugar... no? eso si.. sin tour... caminando, andando en metro y demas...para no ser tan turista...
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